El amarillo Bergotte
The Bergotte Yellow

4 junio 2022

Cullera, 2017

Llamamos paisaje a algo que no es más que un fragmento de un territorio, y usamos la palabra para designar tanto una visión directa del mismo como su representación visual en una pintura, una fotografía o cualquier otro medio. El paisaje resulta de una elección de entre las infinitas posibles. Una voluntad, una decisión es lo que le otorga la existencia.

Como sucede siempre, la elección se apoya en decisiones anteriores y estas, a su vez, en otras previas –es una creación cultural–, y así sucesivamente hasta aquella imagen primigenia que pudo servir un día lejano para definir la palabra, para asentar su consistencia conceptual, ahora ya de difícil delimitación. No es extraño, ocurre con muchos términos, desde luego con los artísticos. También por eso estos últimos lo son.

La noción de paisaje tiene su propia evolución, desde la conexión inicial con la naturaleza y a través de una progresiva carga cultural, hasta una interiorización que parece desconectar en cierto modo con aquella. Considerado desde otro ángulo se podría hablar de un recorrido desde la majestuosidad de lo cuantitativo hasta la inspiración de lo cualitativo, quede dicho sin deseo de hacer juicios de valor. Los sucesivos estados de esa evolución podrían ser naturaleza/territorio, paisaje natural, paisaje urbano, paisaje cultural, paisaje interior.

Marcel Proust hizo morir a Bergotte en los vaivenes de esos dilemas, que naturalmente no son exclusivos de las artes visuales. Bergotte, ante la Vista de Delft, de Vermeer, pasó de la precisión perfecta del cuadro a la sutileza de la pequeña mancha de pared amarilla. Mirándola, contemplando su delicadeza y su exactitud evocadora, se dijo «así debería haber escrito yo», antes de rodar muerto por el suelo un instante después. Esa mancha es un mundo perfecto dentro de otro, un fragmento en el fragmento que es todo paisaje, sea una montaña, una pared, una nube o una ola. Incluso cabe, después de todo, que tal mancha ni siquiera exista.

(Publicado en el libro «Estratos. Fotografía y palabras»)

We call landscape something that is nothing more than a fragment of a territory, and we use the word to designate as much a direct vision of that thing as a visual representation in a painting, a photograph or whatever other medium. The landscape comes about as a result of a choice between infinite possibilities. A wish, a decision is what bestows existence on it.

As always happens, the choice is supported by previous decisions, and those, at the same time, on other previous ones – it is a cultural creation –, and so on successively to that original first ever image which could have served on some distant day to define the word, to secure its conceptual consistence, now of a difficult delimitation. That is not so strange, it occurs with many terms, and certainly with the artistic ones. That is why these latter ones also are.

The notion of landscape has its own evolution, from its initial connection with Nature and through a progressive cultural load to an interiorization that seems to disconnect in a certain way with that original one. Considered from a different angle, we could perhaps talk of a journey from the majesty of the quantitative to the inspiration of the qualitative; let it be said, without any wish to reach a judgment of any values. The successive states of that evolution could be nature/territory, natural landscape, urban landscape, cultural landscape, interior landscape.

Marcel Proust made Bergotte die amid fluctuations of those kinds of dilemma, which, are not, naturally enough, exclusive to the visual arts. Bergotte, facing the painting, the View of Delft, from Vermeer, passed from the perfect precision of the painting to the subtlety of the small stain of yellow wall. Gazing at it, contemplating its delicacy and its evocative exactness, he said to himself “that is how it should have been written”, before dropping dead to the floor an instant afterwards. That stain is a perfect world within another world, a fragment within the fragment that all landscape is, be it a mountain, a wall, a cloud or a wave. It could even be, after all, that such a stain did not even exist.

(Published in the book «Strata. Photography and Words»)