12 septiembre 2026

Las fotografías seriadas de Carlos Cánovas son un documento extraordinario sobre realidades poco aparatosas.
Hay un universo que nos rodea 360° y hacia el infinito y más allá, pero hay otro que todos llevamos dentro, también infinito en sus posibilidades. De la piel al átomo, cada célula con su íntimo movimiento, consciente o inconsciente, marca nuestro destino, formando un auténtico universo por descubrir, millones de capacidades por explotar, incontables experiencias por practicar.
Un fotógrafo mira tanto hacia fuera como hacia dentro para, a lo largo de su vida, moldear su universo personal. Las fotografías seriadas de Carlos Cánovas (Albacete, 1951) son un extraordinario documento centrado en realidades poco aparatosas. Rincones ocultos. Plantas vivas o medio muertas, expuestas o semiescondidas, enjauladas en tiesto o libres y salvajes, exóticas o del montón. Tapias, paredes abandonadas o semi, limpias o sucias, con puerta o no, lugares desapercibidos que nos rodean, a punto de caer o recién estrenados, pero cuya momentánea y oportuna luz los embellece en su vulgaridad. ¿Pasear o viajar? Pasear. Nada de viajar por el mundo, es más que suficiente rodear y rodear su pequeño pueblo navarro para encontrarse con lo apetecíble. Tampoco es necesario acercarse a lo más bello. La autenticidad de los sentimientos, más un impulso imposible de reprimir, hace que en cualquier lugar, sean serenos u oscuros, Cánovas encuentra algo.
Por supuesto que el fotógrafo tiene la culpa de lo que elige fotografiar. Y solo él debe saber por qué, aunque no sea capaz de explicarlo. Recordemos a San Agustín: «Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicarlo, no lo sé». Como tampoco supo qué hacer con la primera cámara que tuvo en sus manos a los 21 años, aunque ya estaba abducido por la magia del revelado, la oscuridad en la que su padre le descubrió la química del arte, el milagro de la luz sobre el papel. En su comienzo autodidacta, fueron influyentes grandes fotógrafos como Ansel Adams, Edward Weston y, más adelante, Robert Frank. Empedernido coleccionista de libros de fotógrafos, con ellos fue construyendo su personal base cultural para desarollar un ejercicio propio del arte fotográfico y crecer como persona.
Hay en las fotografías de Cánovas un sinfín de ingredientes imprecisos, música, lecturas, pero el deseo de poetizar se vislumbra en cada obra. Sus colecciones, trabajo de 50 años, deben entenderse como un conjunto. Así lo cree él. Separada en series en crecimiento continuo a lo largo de los años, cada nueva fotografía se va colocando cada una en la balda de la biblioteca temática que le corresponde.
Fotografiar no es hacer una foto, ni siquiera realizar una buena foto. Fotografiar como un fotógrafo es pensar en fotografiar con interés metafísico. Es escapar de los embrutecedores clichés narrativos, del amasijo de selfis y atardeceres soleados para vibrar con la pasión que requiere el intenso ejercicio del arte. Es común, cuando se viaja, creer que se trae en la cámara fotográfica (ahora en el móvil) un pedazo de aquello que se vio del lugar en el que se estuvo. Y algo de eso hay en toda la fotografía de Cánovas, pero solo autores como él ostentan el poder de elevar esa captura a una experiencia sentimental que invite a la reflexión del espectador. «Un fotógrafo es una persona que tiene que demostrar permanentemente que su universo existe» (Robert Doisneau dixit). Un universo que, para él, se esconde en lo cercano.

Artículo publicado por Iñaki Arteta en el diario «El Correo» el 12 de septiembre de 2026